No sé que tienen las croquetas que a todo el mundo le gustan. Quizá será por las posibilidades de rellenarlas con distintos sabores y texturas, por sus formas iguales e industriales, o amorfas y caseras. El caso es que hay poca gente que diga que no a una croqueta.
Esto me lleva a una reflexión en voz baja sobre uno de sus componentes: la cebolla. Al final de este post dejaré mis trucos para las croquetas pero he debatido largamente con mis amigos y familiares sobre la conveniencia o no de incluir la cebolla como base de las mismas. Creo que les da un toque de dulzor y aroma sin el que no serían croquetas. En mi humilde opinión, la cebolla marca la fina línea entre unas buenas croquetas y unas CROQUETAS.
El empanado es una historia que deberá ser contada en otro momento.
Pues allá van algunos trucos:
- Se debe preparar un caldo consistente, con pollo y/o jamón. Yo dejo un muslo completo de pollo y un buen trozo de jamón cociendo al menos una hora a fuego lento.
- Picar la cebolla, sí la cebolla, muy fina, incluso que parezca un puré.
- Antes de derretir la mantequilla, añadir unas gotas de aceite de oliva, que además de hacer que aumente la temperatura rápidamente, dan algo de aroma.
- Incorporar la harina tamizada, así es más fácil de mezclar.
- Leche y caldo a partes iguales.
- La masa debe ser compacta, pero no un mazacote.
- Dejar reposar la masa al menos doce horas.
- El empanado con huevo y pan, en ese orden.
- El aceite muy caliente.
Si alguien quiere una receta completa algún día se la encontrará por aquí.
